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Domingo, 08 de Abril de 2012 19:56 |
EL PELIGRO DEL OCULTISMO
por JUAN JOSÉ ESCUDERO TORRECILLA
Usado con permiso. Juan José Escudero Torrecilla, Instituto InterGlobal, ©2008.
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Hace ya nueve años, o diría mejor, tan solo nueve años que conocí al Señor Jesús. Quizás este testimonio pueda servir a alguien, no lo sé. Pero si alguien esta pasando por alguna situación parecida, que sepa que siempre hay una salida para el que se acerca a Cristo. Ya desde la tierna infancia me abstraía de mi entorno y me encerraba en mi mundo particular convirtiéndome poco a poco en un niño introvertido, atormentado con fuertes pesadillas nocturnas y temores de todo tipo. Recuerdo que era rara la noche en la cual podía dormir sin temor y sin experimentar presencias amenazadoras a mí alrededor. Poco a poco iba creciendo en mi una morbosa fascinación por todo lo oculto y sobrenatural, de tal manera que, con ocho o nueve años, comencé a leer libros relacionados con el ocultismo y referentes a doctrinas orientales, a la vez que comenzaba a realizar pequeñas practicas espiritistas en la intimidad.
En mi adolescencia, me uní a un grupo de jóvenes, con los cuales me fui adentrando todavía mas en todo lo sobrenatural, a la vez que practicábamos diversas experiencias relacionadas con el ocultismo, desde espiritismo hasta adivinación, pasando por todo lo referente al fenómeno OVNI y los supuestos extraterrestres. Incluso llegue a tener una presunta entidad extraterrestre en mi “imaginación” a la cual le hacía preguntas. Con todo ello la depresión iba tomando dominio sobre mi mente. Comencé a tener ideas autodestructivas, de tal manera que casi no me podía asomar a una ventana ya que me venían ideas de lanzarme al vacío. Todo ello sin razón aparente alguna ya que nunca me había faltado el cariño de la familia e incluso desde los 18 años tenia trabajo fijo. Mi deseo de conocimiento por todo lo oculto fue creciendo y me adentré totalmente en el terreno de la adivinación, especialmente en la astrología, a la cual le rendía culto y dedicación plena del tal manera que mis decisiones en la vida eran tomadas dependiendo del cálculo de mis predicciones, las cuales se extendían también a las personas de mi entorno. Llegue realmente a estar “enganchando” a la Astrología. Es triste pensar en cuantas personas están aferradas a lo que un vidente les predice y en cambio los creyentes en ocasiones no hacemos caso de lo que el Espíritu Santo no dice para guiarnos en la vida.
Mientras todo ello sucedía en mi vida, conocí a la que luego sería mi esposa, Conchi, la cual por suerte no estaba interesada por el Ocultismo, aunque poco a poco la intente “adoctrinar” en todo tipo de filosofías, enseñanzas, o doctrinas extrañas relacionada con mi mundo particular. Mis aficiones a todos estos temas en vez de menguar aumentaron. Una vez casados, Conchi comenzó por primera vez en su vida a tener pesadillas las cuales en ocasiones eran idénticas a las que yo tenía. Y es que el matrimonio a nivel espiritual tiene vínculos invisibles que no podemos comprender plenamente. Recuerdo que en ocasiones nos despertábamos al mismo tiempo, en la madrugada, sintiendo a nuestro alrededor una presencia demoníaca de manera que parecíamos dos niños atemorizados en vez de dos adultos que se acercaban a los 25 años. Por aquel tiempo sucedió un trágico suceso en la vida de mi esposa que vino a romper más nuestra estabilidad emocional: el suicidio de su padre.
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Viernes, 09 de Diciembre de 2011 14:31 |
PROGRAMA EVANGELÍSTICO 2011 EN COLMENAR VIEJO Y EN MANZANARES, ORGANIZADO Y REPRESENTADO POR EL GRUPO DE JÓVENES DE ESTAS IGLESIAS
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Sábado, 17 de Marzo de 2012 22:29 |
ESTUDIO SOBRE CRISTOLOGÍA
ESTUDIO 4
LA OBRA REDENTORA DE CRISTO (1ª PARTE)
POR SAMUEL PÉREZ MILLOS
(Publicado en la revista EDIFICACIÓN CRISTIANA, Mayo - Agosto 1999. Nº 189. Época VIII)
Permitida la reproducción total o parcial de esta publicación, siempre que se cite su procedencia y autor.
Introducción
Un estudio sobre la “obra redentora de Cristo” debe partir de la realidad y universalidad del pecado para proseguir con la Persona y la obra del Salvador. El hombre debe ser salvado siempre que esté perdido. La realidad del pecado en el hombre está plenamente atestiguada por la Escritura (cf. Sl.14:1-3; Is.55:1-3, 6-7). La Biblia enseña claramente la universalidad del pecado (Sl.53:1-3; Ro.3:9-20, 23), al tiempo que señala la situación del pecador como enemigo de Dios (Ro.8:7-8), muerto en transgresiones y pecados (Ef.2:1), objeto de la ira divina por su pecado (Ef.2:3) y condenado a muerte (Ro.6:23). Por tanto, necesita ser salvado de esa situación y, como consecuencia, necesita un Salvador. Establecida la universalidad del pecado, debe proseguirse el estudio con la Persona del Salvador, vital para comprender la dimensión y alcance de Su obra salvífica. La condición Divino-humana del Salvador, el Verbo eterno de Dios encarnado (Jn.14:1) determina el alcance de esa obra.
I.LA PERSONA DEL REDENTOR a) La impecabilidad de Jesucristo En los artículos anteriores se han tratado extensamente los aspectos divino-humanos del Redentor. Tan sólo será necesario enfatizar brevemente la absoluta santidad e impecabilidad de Jesucristo, que le capacitan para ser el Redentor en relación con la solución del problema del pecado del hombre. La Biblia afirma la impecabilidad de Jesús (cf. Is.53:9; He.4:15; 1 P.2:22). Las opciones del hombre en relación con el pecado están plenamente definidas: a) Poder pecar, o no. Esto ocurrió sólo en el huerto de Edén, en donde el hombre ejerció su libre albedrío y cayó. b) No poder dejar de pecar. Es la situación actual de todo hombre como pecador. c) No poder pecar. Ocurre sólo con Jesucristo, el “Hombre impecable”. La razón de la impecabilidad de Jesús radica en su condición divino-humana, que hace que el “sujeto de atribución” de todas sus acciones sea la Persona Divina del Hijo de Dios, en quien subsisten las dos naturalezas divina y humana. Es evidente que Jesús no solo no pecó, sino tampoco hubiera podido hacerlo, ya que en ello estaría involucrada la deidad, lo que equivaldría a la posibilidad de que Dios hubiera podido pecar. Jesucristo no heredó el pecado del hombre. La Biblia enfatiza la absoluta santidad del que nació en Belén al decir textualmente, en el relato de la anunciación, que lo “engendrado santo será llamado Hijo de Dios” (griego, “gennömenon hagion klëthësetai huios theou”) (Lc.1:35). La Persona Divina del Hijo de Dios es la que se encarna, por tanto está presente desde el instante de la concepción de la humanidad de Cristo, santificando absolutamente la naturaleza humana y haciendo imposible con Su presencia que el pecado le fuese transmitido.
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